La vuelta de las vacaciones ha puesto fin a la complacencia de los mercados. La combinación de tipos de interés más altos, rentabilidades de la deuda en máximos de dos décadas, tensiones energéticas, una inflación más resistente de lo previsto, el deterioro de las cuentas públicas y las crecientes dudas sobre la sostenibilidad del bum de la inteligencia artificial han resquebrajado la confianza de unos inversores acostumbrados a meses de avances casi ininterrumpidos. Ante un horizonte cada vez más incierto, el mercado ha optado por asegurar ganancias y reducir exposición al riesgo. El resultado ha sido un ajuste sincronizado de los activos financieros, con pérdidas tanto en la renta fija como en la Bolsa, que convierten septiembre en el peor mes para los mercados desde el estallido de la guerra en Irán.
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