Una niña dibuja atenta a los colores que garabatea en un folio en blanco. Con contornos algo titubeantes, pero bellos, traza todo aquello que representa su mundo cotidiano. La profesora ha pedido a los alumnos que pinten cómo es su barrio, con los edificios que ven en el día a día. Rotuladores en ristre, manos chiquitas se esfuerzan por transmitir todas las imágenes que se agolpan en esas cabezas vivarachas. La pequeña continúa su labor, y esboza viviendas anaranjadas con muchas ventanas, coches, una panadería y, oh, sorpresa, agarra los colores verdes y marrones para llenar un lateral de la lámina con las copas de varios árboles y sus respectivos troncos.
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