En un esquinazo del oeste de la provincia de Soria, no lejos del Burgo de Osma, se yergue una explotación moderna, tecnificada y gigantesca de manzanos que produce, ella sola, cerca de 40 millones de kilogramos de fruta al año. Más o menos el 10% de las manzanas que consume el país entero. Cerca del mar de manzanos, pero al otro lado del Duero, se levanta -es un decir- un pueblo llamado Navapalos abandonado por completo en los años 70 durante el éxodo hacia Madrid que desangró el pueblo, la comarca y la región. Hay viviendas hundidas, corrales destruidos, una atalaya musulmana que lleva ahí desde la Edad Media y un puñado de calles, en principio, desiertas. Parece un pueblo vacío, pero no: en él reside una pequeña colonia de cinco jóvenes antisistema empeñados en restaurar algunas casas con sus propias manos y vivir ahí dándole la espalda a la globalización. La explotación frutícola, propiedad del grupo Nufri, que emplea a cientos de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes africanos, llegó a Soria en 2008 empujada por el cambio climático: en Lérida, su lugar de origen, las cada vez más frecuentes noches tropicales amenazaban la producción. Guillermo Jiménez, uno de los cinco pobladores del pueblo vecino, llegó a Navapalos en 2021 procedente de Alcobendas. Cuenta que a veces, cuando los de Nufri emplean insecticidas y el viento juega en su contra, el veneno cruza el río: “Sin querer, nos fumigan”. También que está empadronado en el Burgo, que trabaja ocasionalmente de camarero, que quiere quedarse a vivir ahí y que hace días le llegó la papeleta de las próximas elecciones autonómicas de Castilla y León del 15 de marzo. Con ella en la mano hace una defensa de lo que él considera un voto útil: “En Madrid yo votaba a Podemos; pero aquí, todo tan del PP, igual lo hago por el PSOE”.
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