A Pedro Sánchez se le ha aparecido, otra vez, un cisne negro. El objetivo del presidente del Gobierno de aquí a que haya elecciones en España es comerse, en lo posible, el espacio de Sumar y Podemos. El tablero ya está girando a la derecha y las opciones electorales del PSOE están hoy entre sus socios. El recrudecimiento de la relación con Estados Unidos, a cuenta de Irán, es lo que Sánchez necesitaba para acabar de coronarse como líder de la izquierda. A fin de cuentas, su “no a la guerra” tiene profundas implicaciones en nuestro país. Primero, es un lema más transversal de lo que la derecha quisiera, a la contra del expresidente José María Aznar. Segundo, es la proclama con la que Podemos se presentó a las elecciones europeas de 2024. No es la primera vez que Sánchez desempolva esa idea, consciente de que hay una identidad profundamente antimilitarista en la izquierda española. Ocurrió con la guerra en Gaza, contra las acciones del Gobierno de Benjamín Netanyahu, y recientemente cuando Trump impulsó la operación contra Nicolás Maduro en Venezuela. Aunque la mayor implicación militar de este Gobierno haya venido por la invasión rusa de Ucrania, España siempre ha adoptado un perfil mediático bajo en su solidaridad con las tropas ucranianas, seguramente consciente de que tampoco es un tema que venda tanto entre sus adeptos.
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