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¿De qué demonios te ríes?

today15 Marzo 2026 1

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El humor bien entendido empieza por uno mismo: quien no es capaz de reírse de sí mismo no tiene derecho a reírse de nada. Por eso hay pocas cosas tan saludables como la autoironía, una bendición cada vez más difícil de encontrar en un mundo donde, gracias a las redes sociales, tantos parecen consagrados a practicar a tiempo completo el arte del “mecachis-qué-guapo-soy”; y lo asombroso no es solo que a sus practicantes no les avergüence esa exhibición asidua de supuestas bondades propias, ese alarde impúdico de los propios logros o los éxitos supuestos o reales: lo asombroso es que no hunda en el descrédito a quien lo practica. Porque, además de impúdica, esa perpetua alabanza de uno mismo es envilecedora, degradante. La virtud es como los fantasmas: en cuanto sale a la luz, se disuelve; la virtud es secreta o no es: si yo les cuento que esta mañana le he dado 300 euros a un mendigo, ese acto de generosidad deja de ser al instante un acto de generosidad y se convierte en una cuña publicitaria: “Admiren ustedes mi bondad”. A menudo es difícil sustraerse a la impresión de que esa es la pesadilla que estamos construyendo con las redes sociales: un mundo infestado de hombres-anuncio, de mercachifles de sí mismos, de narcisistas insaciables. También en este sentido Trump es un emblema de nuestro tiempo: el ególatra entregado al autobombo y alérgico al humor y la ironía (no digamos a la autoironía, que es lo opuesto al autobombo), la personificación de l’esprit du sérieux que La Rochefoucauld definió con estas palabras insuperables: “La seriedad es la máscara que se pone el cuerpo para ocultar la putrefacción del espíritu”.

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Scritto da: webmaster

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