Llegas en una cuadriga a Pompeya como un señor (pero en mal día, como veremos), por una avenida de cipreses, desde el sureste. Atraviesas una puerta en la muralla —la Porta Nocera o la Porta Sarno, parece— y entras directamente en la arena del anfiteatro de la ciudad para darte de bruces con un combate de gladiadores. Dos de ellos, uno con equipo ligero y otro pesado, posiblemente un tracio y un mirmillón, están dándose de lo lindo, el segundo empleando una contundente maza con bola de pinchos, muy poco deportiva. La cuadriga y sus dos ocupantes (essedarii, por el carro celta de dos ruedas, esseda) se suman al espectáculo a lo Gladiator y uno va lanzando flechas que, dado que tú ya te has bajado, te pasan rozando. A todas estas sale un tigre rugiente (más Gladiator) que si extiendes la mano parece que puedas tocarlo (si te atreves) y luego la arena se inunda sobrecogedoramente para dar paso a una naumaquia, un combate de barcos (aquí ya estamos en Gladiator II), que observas desde el fondo del agua.
Seguir leyendo