Richard Wrangham (1948, Reino Unido) estudiaba a los chimpancés en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania. Formaba parte del equipo de la primatóloga Jane Goodall en los ochenta. Veía cómo estos especímenes, a los que llegó a coger cariño, se acicalaban unos a otros. Cómo jugaban e incluso hacían de canguros de las crías ajenas. Eran como una familia. Pero un día este grupo se dividió en dos. Se repartieron el territorio y empezaron una competición feroz. El equipo de primatólogos empezó a registrar emboscadas y trampas, grupos de simios atacaban a sus enemigos cuando estos estaban solos. Era como una guerra civil. Con guerrillas y comandos. Se pensaba que este tipo de comportamiento agresivo, esta frialdad y estrategia, era básicamente humana. Este hallazgo lo cambió todo. Desde entonces, Wrangham se fascinó con la violencia. No con los actos en sí, más bien con cómo estos nos definen como especie.
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