Todo es como siempre. Los autobuses de los equipos estacionan cerca de una farmacia que se llena inmediatamente de médicos y masajistas que llenan bolsas de tiritas nasales color carne, las únicas que venden en farmacia, porque las que llevan muchos, siguiendo una moda que regresa, son de colores que transforman demasiado los rasgos. Ciclismo de toda la vida. Muy macho. Comisarios de carrera que en las cenas hablan de fútbol a gritos, tontean paternalmente con las camareras del restaurante, y en la salida miden con una cinta métrica la anchura de los manillares de maneta a maneta y obligan a Adam Yates a abrir un poco las suyas, demasiado cerradas. El inglés, obediente, da dos golpes con los puños a las manetas, cuya separación ya alcanza los 280mm que obliga la normativa. Horas después, los comisarios se lían con las bonificaciones, hacen mal las cuentas y tardan horas en decidir el maillot amarillo después de hacer subir al podio a vestirlo al corredor equivocado. Una rutina que se repite en todas las carreras del mundo. ¿Dónde está la Galicia mágica, entonces? ¿La imaginación y el sueño? ¿La bruma de Valle? ¿Quién decía que O Gran Camiño es diferente?
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