Tanto Alfred Hitchcock como David Lynch abrazaron las características del cine negro en sus obras. El director británico llegó a colaborar incluso con uno de los autores más destacados del género, Raymond Chandler, en una única relación profesional, tensa pero fructífera, que permitió el desarrollo de un clásico como Extraños en un tren. Junto a Encadenados, El proceso Paradine o Pánico en la escena, este quizá sea uno de los ejemplos más claros de vinculación al noir en la obra de Hitchcock pues, a pesar de su constante explotación de tramas criminales y su dominio del suspense, los protagonistas de sus películas son con frecuencia víctimas de moral intachable, envueltas por error en el conflicto. La inocencia evidente de sus personajes es lo que favorece la precisa activación de uno de sus principales recursos temáticos: la transferencia de culpa. Lynch, por su parte, fue uno de los responsables de la revitalización y relectura de los tópicos del cine negro desde los años ochenta, a partir de obras como Terciopelo azul. La ambigüedad de sus personajes y su participación en el estrato criminal de la sociedad, soterrado en la profundidad, cubierto por la engañosa capa de perfección aparente del sueño americano —retratado además con la estética de los años cincuenta— se mantienen vivas en sus películas, no solo a través de este ejemplo sino en otros como Corazón salvaje y Carretera perdida.
Seguir leyendo