Aitor Garmendia, corredor en el Banesto de los años 90, decía que los ciclistas eran de pueblo y feos porque así se llevaban a las chicas más guapas, que los de ciudad son unos pijos, y Tomás Pombo, un rapaz que aún no ha cumplido los 20 años, es también de pueblo, de Carballo que es un museo de murales que hermosean las feas medianas de bloques horrorosos y tapias, belleza inesperada, de donde parte la etapa, pero para despedirle al pie del autobús del Movistar cuando marcha a la batalla del Gran Camiño, su primera guerra, no le despiden mujeres hermosas sino sus colegas de cuadrilla, jovencitos de ojos brillantes como él a los que cuenta aventuras, quizás exageradas, e ilusiones de un futuro de campeón al que aún le tiemblan las piernas al subir al escenario del control de firmas. Los amores llegarán más tarde.
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