Un grupo heterogéneo de unos 30 vecinos se arremolina inquieto en torno a un edificio del final de la calle Santo Domingo, en el céntrico barrio de Santa María de Cádiz. Pasan de las diez de la noche de un día laborable y la cuadrilla de señoras, gaditanos de mediana edad y chavales mira expectante al balcón del segundo piso. Sonia Novoa, una vecina que asegura ansiosa vivir con miedo a los inquilinos de un punto de drogas cercano, se asoma: “Estoy bien”. Los congregados respiran aliviados, la despiden y continúan su patrulla. Calle abajo, más de cinco lonas penden de balcón a balcón. “La droga destruye, el barrio construye”, “niños jugando sin gente comprando”, “menos menudeo, más menudo”, rezan. “Somos el barrio, aquí no hay nombres. Somos gente humilde que quiere seguridad, no a nadie vendiendo droga. Esto es peor que lo de los años 90 porque ahora son más agresivos”, denuncia una vecina de 60 años que hace de improvisada portavoz anónima. La ronda continúa, la noche será larga, hasta el filo del alba.
Seguir leyendo