Rostros felices en el Godó, envuelto con gusto por la primavera y donde los tenistas pasean de un lado a otro entre familiaridad y espacios que sienten propios, suyos, reconocibles. Tenis de club. Frente a las estructuras estandarizadas y a veces impersonales de otros torneos pertenecientes a grandes multinacionales que siguen imponiéndose en el engranaje, Barcelona ofrece una singularidad y un espíritu genuino ya excepcional en el circuito que el número dos del mundo, Carlos Alcaraz, califica de “especial”. Es decir, un islote con encanto que comparte guiños estilísticos y conceptuales —entre las citas de relevancia— con Montecarlo y Queen’s, pero poco más. El resto, moles más o menos parecidas que responden al sistema monocolor actual.
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LAS FIGURAS: EN TORNO A UN MILLÓN
Los tenistas de primera línea (top-30) están obligados a jugar una cifra mínima de torneos, determinada según las categorías y con algunas excepciones a razón de la edad, los méritos y su recorrido en la élite (una cifra concreta de partidos). En caso de incumplimiento, acarrea sanciones.
El Godó es una de las opciones en la categoría 500, la tercera en importancia tras los cuatro majors y los nueve Masters 1000. Son torneos de una semana, pero con una particularidad en el caso del Godó: sigue los parámetros tradicionales los clubes ingleses de la primera mitad del siglo XX.
Para tratar de captar a las estrellas, caso de Djokovic, Alcaraz o Sinner, deben tirar de talonario. Varían sus tarifas, pero hoy día la cantidad a desembolsar está en torno al millón de euros. En otros tiempos, con Rafael Nadal y el suizo Roger Federer sobre el tapete, la cifra era lógicamente inferior.