“Por cierto, no toques los higos”: ha contado la actriz Siân Phillips que, décadas después del estreno de Yo, Claudio, cuando viaja por el mundo aún encuentra quien reconoce su voz y le pide que pronuncie esa frase de su personaje, la maquiavélica Livia Drusila. Aquella escena de la serie compite en el imaginario colectivo con la cabecera que abría cada uno de sus 13 capítulos, donde una serpiente se deslizaba al ritmo de una música amenazadora sobre un mosaico de baldosas con el rostro del emperador Claudio. Ahí estaba todo condensado: la grandeza y la inmundicia de un imperio recién nacido y ya corroído por la corrupción; la enfermedad moral que domina a una familia; las intrigas políticas; las traiciones personales; los efectos devastadores de ejercer o codiciar el poder. La influencia de Yo, Claudio se deja ver en obras televisivas mucho más recientes, de Juego de tronos a Succession, pero también emerge en la actualidad política internacional a través de gobernantes como Trump. Este año se cumple medio siglo de su primera emisión, y quien la vea puede comprobar que sigue tan vigente como entonces (un tópico que aquí está lleno de verdad).
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