Antonia dio un suspiro, que fue el último, y se marchó tan discretamente como había vivido. Pero sus frases flotan ahora en nuestra memoria. Antonia decía, “Ave María Purísima”, cuando entraba en una casa, y “Que la Magdalena os guíe”, cuando nos íbamos. La imaginabas luego sumida en sus recuerdos. Los recuerdos de Antonia podrían parecerse a los de tantas mujeres anónimas que vieron interrumpida su niñez por la guerra. Nacida seis años antes del 36 tuvo que abandonar la escuela y rumió para siempre el complejo de quien no sabía leer con fluidez y escribir con soltura. Se decía de esa generación que trabajaba en sus labores, entendiendo que las labores de una mujer eran sinónimo de no trabajar verdaderamente, pero Antonia, como tantas otras, cargó como una mula con los hijos, con la casa, con la recogida de la oliva, y con procurar a la caída de la tarde y al amanecer el bienestar de los hombres, porque para ellas los ratos de ocio no estaban previstos en el contrato nupcial.
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