En tiempos de guerra asoma el dios de la destrucción. Una divinidad difícil de creer, que aparece también en el homicidio, el envejecimiento o la desesperación del suicida. De ahí que las personas razonables, al constatar la insidiosa presencia del sufrimiento y la muerte, la nieguen. Hay una sensibilidad en el ateo, que se traduce en el rechazo de este embajador de la muerte, que no puede existir y, si lo hiciera, mejor sería renegar de él. Una actitud inherente al candoroso dualismo occidental: Dios puede crear, pero no destruir. Nos cuesta admitir que la destrucción sea algo divino. No ocurre eso en la India, que asume con naturalidad que todo lo que nace tiene que morir. La fuerza que mueve el cosmos asume tanto la creación como la destrucción, que es un trabajo tan divino como la generación espontánea de la vida y la luz.
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