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Christine Lagarde, la presidenta del BCE, se presentó ante los medios este pasado jueves luciendo en la solapa el broche de un búho, el símbolo de la sabiduría con el que dijo identificarse al inicio de su mandato. “No soy una paloma, ni un halcón. Mi ambición es ser un búho”, declaró allá por diciembre de 2019. Fue la proclama con la que avanzó que su intención no sería inclinarse por las bajadas de tipos (con las que la jerga de la política monetaria identifica a las palomas) ni con las subidas del precio del dinero, la postura que defienden los halcones. Más de seis años después, Lagarde está justo en ese punto intermedio, en el de no reaccionar demasiado pronto con alzas de tipos a la subida de la inflación que ya está provocando un petróleo mucho más caro —y dañar de forma precipitada el crecimiento como le sucedió en 2011 a su antecesor Jean-Claude Trichet— ni subirlos cuando ya sea tarde y la inflación campe a sus anchas, como ocurrió en 2022, el año en que la guerra de Ucrania sumió a Europa en una crisis energética. La inacción sin embargo promete durar poco tiempo, a la vista de que el shock energético que está provocando la guerra en Oriente Próximo se prolonga.
Scritto da: webmaster
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