El 7 de mayo fui al desahucio de Mariano. 67 años. Su casa de siempre. La Iglesia lo echaba. Con ayuda policial. Fue la primera vez que vi un desahucio. Fui porque soy del barrio (La Latina), porque era el quinto intento, y porque Mariano podía ser nuestro padre, nuestro vecino, cualquiera de nosotros. Fui por empatía. Éramos mayoría mujeres jóvenes en aquel cordón. Frente a mí, un agente de la Policía Nacional llevaba atada una pequeña bandera de España en la porra. Le dije que me daba vergüenza ver la patria en una porra. Me miró. Y sonrió. Hay símbolos que no nos cubren a todos. Instituciones que no nos protegen a todos. Un pacto social que, al parecer, no nos incluye a todos. Al final, ni la Iglesia tuvo misericordia, ni el Estado tuvo vergüenza. Mariano sigue siendo de aquí. La pregunta es si este país todavía es de Mariano.
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