En 1977 aparecieron por primera vez en EL PAÍS dos palabras unidas como un solo concepto: cajero automático. El titular de la información, Servicio bancario automatizado permanente, era toda una declaración de intenciones: se anunciaba la llegada a España de unos aparatos que, empotrados en la pared de bancos y cajas, rompían con horarios y hábitos hasta entonces casi sagrados, como el de esperar una larga cola para sacar dinero ante una ventanilla con la cartilla de ahorros en mano y siempre de lunes a viernes antes de las dos de la tarde, hora de cierre de las sucursales. De pronto, comenzaba lo que, poco después, sería una rutina: disponibilidad total para realizar casi cualquier operación financiera doméstica, las 24 horas de los 365 días del año. Algo de novedad bancaria sabían ya los españoles por entonces: desde 1971, las tarjetas comenzaron a desplazar a los fajos de billetes apretados en la cartera y a las monedas desperdigadas por el bolso.
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Los cajeros automáticos, instrumentos de inclusión
El avance tecnológico ha ido en paralelo, en ocasiones, al inclusivo. Hoy, el avance tecnológico de CaixaBank se dirige, además, hacia la inclusión. Todos sus cajeros están adaptados para personas con discapacidad visual, auditiva y motora. Cumplen criterios de accesibilidad universal y normativa europea. Incorporan teclados en braille, guía por voz mediante auriculares, menús de alto contraste y con posibilidad de ampliar el tamaño de la letra; vídeos de ayuda en lengua de signos y opciones específicas de navegación reducida y táctil. Facilitan el uso a personas con dificultades cognitivas y a clientes sénior. Les otorga autonomía.