En los últimos años se ha extendido una idea tan atractiva como aparentemente científica, y a la vez inútil: que la mujer en edad fértil debería adaptar su alimentación a cada una de las fases de su ciclo menstrual. Ya sabes, fase folicular, ovulatoria, lútea y menstruación. Cada fase con su lista de alimentos “recomendados” y “a evitar”, con sus nutrientes clave e incluso –ya sabes que es tendencia– con los ubicuos suplementos ad hoc. El mensaje se presenta como el resultado de profundos y detallados estudios sobre fisiología femenina, pero la realidad no puede ser más contraria. Cuando se consulta la literatura científica –con sensatez en vez de con ánimo comercial– y se dejan al margen blogs de tendencias, influencers y redes sociales, el resultado es bastante menos resolutivo y mucho más mundano.
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