La primera vez que Fernando Sánchez Castillo (Madrid, 56 años) vio el Guernica de Picasso en una visita escolar no estaba en blanco y negro sino en tonos verdes, y era una gran joya resplandeciente. Era 1981, el cuadro acaba de llegar a España tras 40 años en el MoMA, y la institución neoyorquina había exigido que, para resguardarlo durante su estancia en el Casón del Buen Retiro, se instalase en una estructura protectora. El arquitecto José María García de Paredes, encargado de diseñarla, presentó una urna de acero y vidrio, facetada como una gema, cuya superficie generaba matices verdosos sobre la obra de Picasso. “Era un cristal a prueba de granadas”, recuerda el artista. “Solo unos meses antes, España había sufrido un golpe de estado militar. La urna la firmó García de Paredes pero quien de verdad la diseñó fue su hija Ángela, que acababa de salir de la carrera, así que la nueva generación de españoles estaba ocupándose de proteger el Guernica. Y ella hizo esa urna-joya que al mismo tiempo era como un gran relicario. Algo muy español, lo de venerar las reliquias. España es ese lugar donde lo muerto se preserva y se le rinde culto como si estuviera vivo”.
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