Durante unos días, nuestras ciudades han mostrado una versión de unidad capaz de engalanar las calles y desplegar esa hospitalidad que nos define para recibir la visita del papa León XIV. Hemos sido testigos de recursos ilimitados, eficacia y un orgullo colectivo insólito. Sin embargo, este oasis de gestión institucional deja al descubierto una contradicción flagrante. Resulta desalentador comprobar cómo esa misma voluntad política se evapora cuando bajamos al suelo de lo cotidiano. Qué bonito sería ver ese mismo despliegue dirigido a climatizar las aulas donde la infancia se asfixia cuando el calor aprieta, a construir más guarderías públicas o a devolver a la sanidad y a la educación la dignidad laboral que merecen. Acoger es una virtud, pero cuidar de la comunidad es una obligación democrática. Tras las comitivas, los altares se desmontan, pero las carencias permanecen. Y entre tanta plegaria, quienes nos gobiernan deberían haber examinado sus prioridades y respondernos a una pregunta: ¿qué preferimos como sociedad, la foto de portada o la dignidad de nuestros hogares?
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