Estos meses de gira intensa con mi última novela rara ha sido la vez en que las lectoras no me han preguntado por las raíces. En efecto, el regreso a localidades rurales (físico o emocional), el rescate de saberes ancestrales y tradiciones, o la reivindicación del habla popular, participan de preocupaciones extendidas entre la gente, de las que la literatura se ha hecho cargo en una suerte de neorruralismo que invita a pensar la España vaciada mediante la revalorización de su patrimonio cultural. A partir de la modernidad, la historia se ha convertido en una máquina de producir desarraigo y alienación; ha expulsado a poblaciones de sus espacios originales —cuando no las exterminaba el colonialismo—, transformándolas en migrantes; y prácticas contemporáneas como el turismo masivo han homogeneizado tanto las geografías urbanas que, por momentos, las ciudades han perdido su connotación hogareña. Las raíces, por tanto, se sitúan en un terreno simbólico más allá de los libros, aunque estos las hayan albergado entre sus páginas, pues, desde Simone Weil hasta Pasolini, pasando por Marc Augé y su crítica de los no lugares, o el ecologismo de Eliane Brum, no paran de reaparecer como la constante perdida; por eso mismo, representan la necesidad existencial que merece ser satisfecha. Del cómo y en qué términos depende un futuro teorizado a partir de todas las ideologías.
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