Una de las maneras de franquear el umbral de la China milenaria es pisar la populosa ciudad de Xian, con más de 3.000 años de historia. Una visita a sus rincones más emblemáticos podría empezar por el Museo del Bosque de Estelas (Beilin), un lugar sencillamente fascinante donde es posible estrechar la mirada con los escritores de caligrafía funeraria, con los artistas que grabaron de forma casi irrompible las premisas confucianas, con los artesanos que donaron a la inmortalidad de una piedra unas frases que significan cosas que solo parecen ser hermosas e interesantes. Son lápidas, en definitiva, y más pequeñas y grandes esculturas que engalanan un patio con columnas perfectamente alineadas que se usaban como soporte para atar a los caballos. Están rematadas en su parte superior, más o menos a la altura de la cabeza, por retorcidas formas humanas o animales mitológicos. El Diccionario de la Lengua Española, ciertamente, define “estela” como un “monumento conmemorativo que se erige sobre el suelo en forma de lápida, pedestal o cipo”, y en este museo hay un total de dos mil y pico objetos.
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