Durante la última ola de calor, los parques de nuestros barrios han vuelto a desvelar una realidad flagrante: su diseño responde al adultocentrismo más absoluto. Y es que el olor a caucho quemado y las superficies abrasadoras de los toboganes metálicos convierten estos espacios en entornos incompatibles con el juego infantil durante las horas de más calor. Olvidamos que el juego al aire libre no es un mero pasatiempo, sino el eje vertebrador de la salud y la educación. La infancia tiene derecho a habitar un espacio que la respete y la proteja como colectivo, no que la obligue a refugiarse en centros comerciales climatizados. ¿En la carpeta de qué partido político se encuentra el bienestar de nuestros niños? Someter a los menores a la desidia climática es una forma silenciosa de desamparo público. Tal vez va siendo hora de que el urbanismo municipal deje de mirar los planos con ojos de promotor y empiece a medirlos, al fin, desde la mirada de un niño.
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