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Carreras de película

today3 Luglio 2026

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Interior. Día. Cafetería del Museo del Prado. Madrid. Abril. Enfrente, el genio, el maestro Víctor Erice. El espíritu de la Colmena (1973). El Sur (1983, y que se ha reestrenado en 27 cines franceses, aquí silencio) y Cerrar los ojos (la mejor película extranjera de 2023 para The New Yorker). Quizá el mejor director de la historia del cine que ha dado España. A quemarropa, suelta la noticia: vuelve a rodar. “Tengo ya algunos planos filmados”. Ni una palabra más. A sus 85 años, su voz flotando en la pinacoteca que visitó por primera vez en 1957. Entonces pasaba a solas 45 minutos contemplando Las Meninas de Velázquez. Su mítica reserva es cierta. Otro espacio. Exterior. Día. Otazu. Un señorío a ocho kilómetros de Pamplona. Hectáreas de viñas, una bodega del siglo XIX, un palacio del XV y una iglesia románica del siglo XII. En estas tierras, el director Alberto Arévalo ha propuesto Todo lo que no vemos (2026) con las actrices Branca Cusí y María Valverde, y música del marido de esta última, el director de orquesta Gustavo Dudamel. Una huida, abusos, reencontrarse con la autoestima de existir. Ninguno contesta —en la realidad— a su correo electrónico.

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Los límites del cuerpo humano

“En el ballet o eres un talento extraordinario o resulta casi imposible entrar en una compañía”. Pilar Hernández, 33 años, lleva ocho dando clase en la escuela Studio 11 (Madrid). En el mundo privado resulta más sencillo; en el conservatorio público “son muy severos” y el “nivel de exigencia es como si fuesen las oposiciones más complejas que existen”. Hernández, que tiene, entre otros, el título de la Royal Academy of Dance británica, enseña desde a niñas de ocho años hasta mujeres de 63. Aprendió en un centro privado. “La competencia profesional resulta enorme”. Plantea un cálculo: “De 100 bailarines, uno podría entrar en una gran compañía”. Enseña desde pre-prime (la base) hasta Advanced 2 (profesionales).Y sabe que extender la carrera más allá de los 40 años resulta casi imposible. Los límites del cuerpo. “O tienes un talento innato inmenso o quedas fuera. No se puede enseñar”, refrenda pensando en grandes compañías. Existen excepciones, como la argentina Manuela Núñez, de 44 años y estrella del Royal Ballet de Londres. Distintos son los pasos de Lucía Maugis (octubre, 2009). Sus padres vivían en Praga. Comenzó a los tres años con la gimnasia deportiva. Un año más tarde estaba, por trabajo familiar, en el Colegio Crackley Hall (Reino Unido). Tenía cuatro años y se colaba en las clases de baile. Era muy buena y por primera vez compitió a gran nivel; quedó segunda en la prestigiosa competición del Coventry. Después, Madrid. Renegó del flamenco. Aunque disfrutó “con sus amigas de la gimnasia rítmica”, recuerda. Lo cuenta con 16 años bajo unos ojos azules como turmalinas mayas, pelo liso rubio en cascada, unos aretes de oro y una camiseta negra. Pero ha tenido que elegir. “El ballet profesional es una disciplina que lleva tu cuerpo [delgado] al límite de tus capacidades físicas y mentales”, observa. Ha reducido su tiempo de baile en Studio 11 por otra pasión: la medicina. “Ayudar a las personas a través de mi conocimiento y mi cariño”, sonríe.

Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real: “La calidad de la voz resulta imposible estudiarla”

“La calidad de una voz no se puede estudiar. Se posee o se carece”. El director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch, no deja ninguna duda a la interpretación. “Aunque desde luego, no sirve de nada tenerla si falta una sólida preparación técnica e interpretativa, carisma e inteligencia con el fin de desarrollar cada paso de la carrera, y trabajar en equipo con los directores musicales, de escena y los compañeros de reparto”, argumenta. Quizá cuenta también la geografía.

En España faltan las compañías operísticas pequeñas y medianas que forjen una carrera. Se extrañan los ensambles tan habituales en Centroeuropa que representan las escuelas que “alternan papeles grandes, medianos y pequeños, sin que el artista esté expuesto a comparaciones peligrosas con nombres indiscutibles del pasado ni exigencias irrazonables en los primeros años de la carrera”, observa Matabosch. Son profesionales que han renunciado a una vida profesional para buscar un puesto de trabajo permanente en el teatro.

Es una existencia dura. Se empieza tarde. La voz tiene que cambiar, sobre los 16 años. Muchas veces los chicos llegan a los talleres del Real animados por amigos o familiares. El centro musical ha creado el proyecto La carroza, un tráiler que replica el proscenio del Real y recorre pueblos presentando unas 40 actuaciones entre primavera y otoño. Una barraca lorquiana del siglo XXI.

Otra forma de llegar es a base de concursos y audiciones —pero es caro: un pianista, por ejemplo, debes pagarlo de tu bolsillo—, y todos sueñan con el Concurso de Canto Internacional Tenor Viñas, uno de los más importantes. Son cuatro años de estudio. Una opción es recurrir a las becas. “El camino resulta complejo e incierto y requiere una vocación extraordinaria que hay que admirar más allá de la meta que alcance cada uno”, reflexiona el director artístico. Como en el romance de Nadir, de Los pescadores de perlas de Bizet: “Folle ivresse! doux rêve!” (“¡Borracho loco, dulce sueño!”).

Lejos de la Francia de Bizet, la soprano española Lucía Iglesias, 26 años, ha interpretado en Perú La púrpura de la Rosa, considerada la primera ópera escrita en América con libreto de Pedro Calderón de la Barca. Aprendió —fue coro con siete años— piano hasta los 22 años en el conservatorio de A Coruña, mientras a los 15 ya recibía clases de técnica vocal; “a los 19 años se estrenaba con La Cenicienta de Rossini y la Ópera de Cataluña, y consiguió el grado Musical de La Rioja (cuatro años)”, recuerda. Han quedado casi atrás las audiciones; ahora la llaman en parte gracias al programa del Real, Crescendo, que enseña cómo manejar una carrera, desde lo económico hasta el darse a conocer. En noviembre de 2026 debutará en Las bodas de Fígaro (Mozart).

También llega luz del gran tenor Javier Camarena. Es claro y franco. Es una carrera de aprendizaje larga (entre seis y 10 años) y difícil, y nunca, ni cuando estas consagrado, “tienes asegurado el trabajo”. “A los jóvenes de hoy les recomendaría incorporar una mirada empresarial a su discurrir. Ya no existe la figura del agente, y si encuentras uno que piensa que no trabajas para él no le dejes escapar”, aconseja. Además, la tecnología te lleva a una mayor exposición. Recorre tu rostro, la boca, tus labios o tus gestos son retransmitidos muchas veces en directo. Todo debe ser perfecto.

Scritto da: webmaster

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