Los grandes acontecimientos deportivos llegan a todo el mundo. A todo. Nos afectan, queramos o no, nos gusten o no, porque alteran la vida de las ciudades, porque cambian el territorio, porque sus catedrales son hitos urbanos de primer orden. Río no sería Río sin Maracaná, y Múnich no sería Múnich sin el Allianz Arena, aunque se levante en las afueras, donde —salvo excepciones— se levantan últimamente estas cosas, como si los estadios fueran parientes ruidosos a los que la ciudad invita pero prefiere tener lejos. Pero la cosa no se queda en las alteraciones físicas del territorio. Un Mundial afecta a la vida hasta en los lugares más remotos, el Sáhara, la Amazonía, el desierto de Gobi, y hay veces en que un acontecimiento universal altera la vida y reescribe el territorio del lugar más insospechado, especialmente cuando en ese acontecimiento se produce uno de los momentos más bellos de la historia del deporte.
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