Se considera la tierra de los libres, según el célebre pasaje de su himno, pero en el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, Estados Unidos se describe mejor como una tierra de crueldad e indecencia. Entre su ciudadanía hay, por supuesto, la misma proporción de nobleza y mezquindad que en cualquier otro lugar del mundo. Pero a veces las sociedades van a la deriva, y en esta el poder proyecta esas dos pulsiones oscuras: piensen en el terror del ICE o en el enriquecimiento desde el poder del presidente y de su entorno. A lo largo de cuarto de milenio de historia EE UU ha acumulado un gran historial de abusos, pero también ha sido una fuerza hegemónica con impulsos admirables, y no solo por su papel en la derrota del nazifascismo. Hoy, no obstante, el nivel de las tinieblas alcanza cotas elevadísimas, y el de las luces, mínimas. El entramado político-tecnológico estadounidense tiene rasgos horripilantes. Y su alcance es desgraciadamente global. ¿Qué relación debería tener Europa con estos EE UU? Nadie sensato a estas alturas duda de que necesitamos superar la dependencia en la cual hemos vivido durante décadas como protectorado militar y asistidos tecnológicos. El problema es: ¿cómo?
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