En La buena letra, la novela de Rafael Chirbes, la achicoria es sinónimo de tristeza. Y de pobreza. “¿Y por qué no prepara usted un poco de achicoria y nos tomamos una tacita? Nunca decía café, como piadosamente decíamos los demás, decía achicoria. Y yo, al oír esa palabra, prometía no volver a quedarme una tarde de domingo con ella”, escribía Chirbes dando voz a Ana, la protagonista de esta novela ubicada en la posguerra. En la familia de Ana, como en tantas otras casas españolas y europeas que sufrieron la hambruna y la pobreza tras la guerra, la achicoria se convirtió en la única manera de beber algo caliente. Pero el café de los pobres, como se conoció durante mucho tiempo a esta planta tostada que se prepara en infusión sola o con algo de café, está teniendo un retorno inesperado entre los jóvenes por razones muy distintas.
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