Desde los años del milagro económico, Alemania nunca había encadenado siete años sin crecimiento; nunca la popularidad del canciller había sido tan baja como la de Friedrich Merz; nunca un partido de extrema derecha había liderado los sondeos. Los periodos de angustia y miedo al futuro —ese sentimiento existencial al que los alemanes dan el nombre de Angst— son cíclicos en este país, pero hoy este estado de ánimo se ve agravado por la conciencia del declive industrial y la dificultad para reubicarse en el mundo de Donald Trump, Vladímir Putin y Xi Jinping. La eliminación temprana y por sorpresa en el Mundial de fútbol, la semana pasada, fue para muchos la metáfora perfecta de esta pérdida de estatus global, como si los tiempos en los que Alemania fue campeona, en el deporte y en la economía o la fabricación de automóviles, fuesen cosa del pasado. La parálisis de la coalición del democristiano Merz con los socialdemócratas ante esta conjunción de crisis ha contribuido a alimentar el pesimismo generalizado y a la sensación de que los partidos de Gobierno y las instituciones democráticas se sienten impotentes para poner en marcha la locomotora europea.
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