Cerca ya de la jubilación, Rodrigo camina con una bolsa llena de barras de pan. Va camino de su restaurante, El Paso, a la entrada de Bédar, pueblo que este sábado es todo silencio. Sus pasos son lentos, pausados por el calor y porque la mirada se le va hacia un helicóptero que va y viene en una loma cercana. La aeronave carga y descarga agua sobre el incendio que ha asolado los alrededores del municipio, en el que han fallecido 12 personas, todos habitantes de la localidad. “Esto va a ser una catástrofe para nosotros. ¿Quién va a querer vivir aquí?”, se preguntaba mientras un puñado de hombres le esperaba en el bar con un café. Lo hacían también callados, como en señal de duelo. “Quizá tengamos que ayudar en algo y aquí estamos por si hace falta”, decía uno de ellos, tímido, parte del medio centenar de residentes que ha decidido quedarse en el casco urbano del pueblo, que, al contrario que las pedanías de su alrededor, no ha sido evacuado.
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