Aprendí pronto, en consulta, que pocas pruebas valen más que pedirle al paciente que resuma su vida en cuatro pinceladas. No tanto por los hechos —siempre verificables a medias— como por la forma del relato: qué cuenta y qué calla, hasta dónde se remonta y qué saltos da en el tiempo; a quién nombra y con quién se enquista y obsesiona; si entresaca los recuerdos felices o los tormentosos; si habla de categorías abstractas o —como Vicent o Machado— recuerda el sol de su infancia. De la mayoría de los relatos clínicos, se desprende un “yo” implícito, que sale bastante bien parado, a menudo inocente, víctima de los contratiempos y la acumulación de las llamadas personas “tóxicas” (esto es moda reciente). Rara vez el narrador dice: me equivoqué, soy contradictorio, débil, no soy de fiar y ciertamente debes huir de mí.
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