Aquí estamos otra vez, sudando bajo la dorsal atmosférica como insectos atrapados en una lupa cósmica, porque resulta que el cielo y el cambio climático —que se comporta como un dios menor. O mayor, ya veremos— han decidido que el verano de 2026 no será un verano sino una secuencia de hornos encadenados, una ola y luego otra y luego una tercera, cada una jurando que es la última y mintiendo, siempre mintiendo. El aeropuerto de Bilbao marcó 42,7 grados el 24 de junio, la cifra más alta jamás registrada allí en junio o julio, y eso que Bilbao es una ciudad que históricamente presume de su verde húmedo, de su orballo, de su no-ser-Sevilla. Y mientras tanto encendemos el aire acondicionado, un aparato que enfría la habitación calentando el planeta entero. Y al hacerlo, firmamos un pacto fáustico que nos vende frío a cambio de futuro, y nos sentimos modernos y a salvo, nos sentimos —pobres de nosotros— inteligentes.
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