Hay al menos dos peculiaridades de los pies de la escultura del emperador Constantino que maravillan a quienes entran en el cortile del Palacio de los Conservadores, en los Museos Capitolinos de Roma. Una es que ambas moles marmóreas -dos metros y no menos de tres toneladas cada una- aparecen separadas del resto del cuerpo y elevadas sobre magníficos pedestales, lo que podría tomarse por una glorificación de cierto fetiche sexual bastante extendido. La otra es que los pies están desnudos, algo que la intuición no atribuiría a todo un emperador romano. Respecto a lo primero, sabemos que originalmente los pies formaban parte de un coloso de unos trece metros que representaba al monarca sedente y ataviado con una túnica dorada, y que posiblemente se esculpió poco después de su victoria en Puente Milvio (312 d.C.), de manera que no existía particular interés en homenajear a esta parte del cuerpo (la cabeza, las manos y otros fragmentos ocupan distintas posiciones en el mismo patio), sino al triunfador en su conjunto.
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