Charlotte Gainsbourg acaricia a Daphné, su bull terrier, que dormita en el sofá del hotel, rendida por el calor. Afuera, Arlés arde bajo el sol del verano: la luz blanquea las piedras de las arenas romanas mientras reaparece en cada esquina la sombra de Van Gogh, exprimida con admirable eficacia turística pese a que el pintor solo pasara unos meses por estos lares (y acabara cortándose una oreja). La ciudad francesa acaba de inaugurar una nueva edición de su famoso festival de fotografía, que desde hace más de medio siglo ocupa iglesias, claustros, antiguos hospitales, talleres ferroviarios y cualquier rincón de pared que la historia haya dejado libre. La actriz y cantante presenta allí su último proyecto: una extensa serie de imágenes fantasmales tomadas en la casa parisiense de su padre, Serge Gainsbourg, convertida desde su muerte en lugar de peregrinación para quienes siguen venerando su genio melódico y su talento lírico para los dobles sentidos. En su suite, el aire acondicionado concede una tregua. Daphné duerme mientras su dueña la acaricia sonriendo, hasta que la conversación se ensombrece sin previo aviso.
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Maquillaje: Satoko Watanbe @Streeters.
Peinado: Yuji Okuda.