En el mundo prehispánico, la chicha de guiñapo (maíz negro) era una bebida fermentada que contenía alcohol. Las chicherías fueron las primeras tabernas del mundo andino y uno de los primeros grandes espacios de sociabilidad y alegría de Perú. Para evitar desmanes, en el siglo XVII el virrey Toledo obligó a acompañar la bebida con comida. Aquellos pequeños platos fueron haciéndose más elaborados hasta que los llamados “picantes”, guisos preparados con ají, dieron nombre a un nuevo tipo de establecimiento: la picantería. La bebida dejó de ser la protagonista y pasó a acompañar una cocina que acabaría definiendo la identidad gastronómica de Arequipa (Perú), un trabajo que recayó en las picanteras, mujeres taberneras y emancipadas que se dedicaron en cuerpo y alma a la cocina y que, hasta hace poco, fueron menospreciadas.
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