La Unión Europea se está convirtiendo en un artefacto blandengue, como si careciera de columna vertebral, se fuera reblandeciendo por los bordes y empezara, de ese modo, a perder sus formas. No sabe lo que quiere y no consigue inventarse su futuro en ese nuevo marco que impulsa Donald Trump. Europa sigue siendo el destino turístico que el resto del mundo se vuelve loco por visitar, un fantástico museo lleno de historias y de chismes, pero envejece a marchas forzadas y está perdiendo el presente. Ha quedado fuera de la carrera tecnológica: no pisa con fuerza en cuestiones tan decisivas como la inteligencia artificial. La protección militar que le ofrecía Estados Unidos se ha quedado en “veremos”, y ya ha sabido en Ucrania de los colmillos de Rusia. China le está robando sus mercados —ahí está la crisis del sector del automóvil en Alemania— y por todas partes se cierran fábricas. Malos tiempos. El Estado de bienestar, su gran logro, se descompone de manera alarmante. Hay quienes no consiguen ni siquiera un lugar donde vivir; la sanidad no está la altura, tampoco la educación. En su discurso del miércoles en Estrasburgo, Ursula von der Leyen propuso activar un mecanismo de seguridad sin Washington y le hizo un guiño a Canadá para convertirlo en miembro asociado del club. Quizá no sea gran cosa; Europa sigue desdibujada y perdida.
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