En 2021, en medio de la atroz guerra de Tigray en Etiopía, el campo de refugiados de Um Rakuba, en el estado de Gedaref, al este de Sudán, albergaba a unos 17.000 etíopes y unas 35 ONG. Dos años después, cuando comenzó la guerra civil sudanesa, y con ella la mayor crisis humanitaria del mundo, los servicios del campamento, como su hospital, empezaron a atender también a cada vez más locales y desplazados internos. Desde entonces, la guerra se ha recrudecido y las necesidades humanitarias son cada vez mayores, pero en ese mismo campo, en 2026, apenas funcionan menos de diez organizaciones. La situación límite que se vive en Gedaref no es ninguna excepción, sino que refleja el desmoronamiento de la red de ayuda humanitaria en Sudán debido la falta de fondos. Agencias de Naciones Unidas han alertado este septiembre que sin nueva financiación “todo el sistema humanitario podría colapsar en cuestión de semanas”.
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