Casi en el punto exacto en mitad del Atlántico entre África y América del Sur, si trazáramos una línea por debajo del ecuador, existe una isla que hace 200 años estaba deshabitada y era, según un escritor de la época, “la abominación de la desolación”. “Ascensión solo produce tortugas, ratas e insomnio”, dijo otro. “La tierra más desolada y yerma (como una tierra maldita por Dios) que jamás vieron mis ojos… Creo que el mundo entero no ofrece otro pedazo de suelo semejante”, añadió otro más. Ascensión está tan lejos (1.100 kilómetros del lugar más cercano, la isla de Santa Elena; 1.600 del punto más cercano en África, y 2.300 de Brasil) que no llegó ni una sola semilla de ninguna planta hasta que los humanos, británicos en concreto, se asentaron en ella. “No hay tierra, no hay sombras, no hay plantas, no hay agua”, escribió uno de sus primeros habitantes. Y, sin embargo, Ascensión tiene una enorme importancia geoestratégica desde que fue descubierta y, a pesar de esa desolación, o precisamente por ella, ahora tiene un gigantesco valor medioambiental. También pasó por allí otro famosísimo escritor, científico y revolucionario de la biología, Charles Darwin. Gracias a él y a una historia de coraje, cabezonería, biología e ingeniería, esta isla improbable podría contener el secreto de la lucha contra la desertificación en el mundo, y un joven científico español está trabajando para probarlo.
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