De cuando en cuando, Saida Lara me manda vídeos de sus vacas a WhatsApp. De Kendra, con un coqueto flequillo rubio, que acude corriendo a saludarla cada vez que llega al prao. O de Zara, pestañuda y preciosa, que también se apresura a buscar su caricia diaria y que, según Saida, “es la mejor escuchando. La de veces que me ha visto llorar… y reír…”. A mí no me extraña que las vacas celebren la presencia de Saida, ni los grillos, los mirlos, las hormigas, los carteros, los transportistas de cajas de refrescos, los médicos rurales, los vecinos y todo bicho viviente que le quede cerca, porque Saida es un lujo de la vida. La conocí por email primero y luego en persona hace un par de meses, cuando participé en un festival literario en Babia, un valle alto rodeado de montañas, una zona de León bellísima y retirada. En aquella ocasión me acerqué a su pueblo, Quintanilla de Babia (90 vecinos en invierno, el triple en verano), en donde ella ha montado una biblioteca. Con arrojo y entrega y añadiendo muchísimo trabajo a su afanosa y apretada vida.
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