“Pongan los brazos en cruz, cúbranse los ojos y separen las piernas”, ordenó con voz de ultratumba el sargento de la Brigada Paracaidista a través de la máscara de protección MS-87 que le cubría el rostro. Sin previo aviso, nos roció con una mezcla de hipoclorito de sodio y agua a presión. O, lo que es lo mismo, nos sumergió en lejía. Sentí que mi mascarilla de celulosa y algodón empapada con aquel mejunje se deshacía, me costaba respirar y se me nublaba la vista. Busqué como un poseso en todos los bolsillos mi libreta de notas aterrorizado ante la posibilidad de que se hubiera mojado, corrido la tinta y, con ella, días de entrevistas y anotaciones. Mientras se liaba un pitillo, un paracaidista nos observaba con curiosidad y masculló guasón: “Qué, jode, ¿eh? Se llama descontaminación operativa, nos la hacen todo el rato; aunque salgas del espacio que estás desinfectando solo a mear, te tienes que volver a descontaminar entero”. Aún conservo en algún armario la machacada chupa surcada de desteñidos chafarrinones que llevaba esa mañana de marzo de 2020. Y también me he preguntado a menudo si aquellas miserables mascarillas con las que pretendíamos protegernos en los primeros días de la pandemia formaban parte de los lucrativos negocios sin fronteras de José Luis Ábalos, el hermano de Ayuso o el aristócrata Luis Medina.
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El País Semanal 50 Aniversario
Este artículo forma parte del especial aniversario de la revista que se publica en su edición impresa el domingo 25 de octubre.