Reconocemos los rostros por detalles diminutos: las líneas que se forman alrededor de los ojos cuando sonríen, las manchas que ha dejado el sol o una pequeña asimetría que echaríamos de menos si no estuviera. Me desconcierta que esas mismas particularidades empiecen a parecernos defectos después de mirar durante horas imágenes de personas cuya apariencia ha sido retocada. El daño silencioso de las redes sociales es modificar nuestra manera de mirar incluso cuando hemos apagado el teléfono. La piel sigue teniendo poros, los rostros envejecen como siempre y el cansancio deja sus huellas, pero comenzamos a observarlos como si tuvieran algo pendiente de reparación. ¿Cuántos rostros habremos dejado de encontrar hermosos por haber aprendido a juzgarlos según estándares imposibles?
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