Hay marcas que nacen como meras empresas y terminan convertidas en paisaje y territorio. A orillas del río Cidacos, Victoria y Arnedo hace tiempo que se confunden. Porque el impacto de la firma en la localidad riojana no se mide en metros cuadrados, volumen de producción o mano de obra, sino antes en raigambre. Una cuestión de tejido social y cultural, de valores compartidos. Ese olor dulce, casi de golosina, de su producto estrella posee el poder proustiano de desencadenar la memoria colectiva de varias generaciones que entienden que un humilde tipo de calzado deportivo es, en realidad, un estrato geológico en una historia colectiva/compartida. La identidad misma de un pueblo que echó a andar para que otros pudieran correr.
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