En el paseo del Mercadal de Calahorra, donde estuvo el circo de Calagurris Nassica Iulia, se alza la estatua de una matrona romana que porta en la mano derecha una daga y en la izquierda un brazo amputado de alguien a quien se está merendando. Esta venerable caníbal recuerda la fames calagurritana, la espantosa hambre que pasaron en esta población —hoy la segunda mayor de La Rioja, después de Logroño, y entonces la más grande— durante las guerras sertorianas, cuando se vieron obligados a comerse los maridos y mujeres entre sí y luego a sus hijos. No es de extrañar que en Calahorra miren con desdén las carnes y con inmenso cariño las verduras. Están en todas partes: hay un monumento a la Verdura, un museo de la Verdura y cinco senderos de la Verdura que recorren la espléndida huerta calagurritana, la más boyante y productiva de la región. Hay dulces que parecen verduras, joyas elaboradas con ellas, pinchos de lo mismo y unas Jornadas de la Verdura —este año, del 17 al 26 de abril— ideales para ver y probarlo todo.
Seguir leyendo