Puede discutirse si Enver Hoxha fue el más cruel de los dictadores de su tiempo, pero no puede discutirse que —por comparación con Hitler y Stalin, con Mussolini y con Franco— fuera también el más guapo. El dato parece frívolo o banal hasta que entendemos que esa mezcla de su inhumanidad y su carisma resultó necesaria para, encerrado allá en Albania, convertirle asimismo en el más longevo. Alguien dejó dicho que, para ser un genocida, Stalin no había sido un mal poeta en georgiano. De Hoxha podría decirse algo parecido. En sus años jóvenes, era el partisano que no eructaba proclamas, sino que citaba a Diderot. Y en su vejez, parecía —rodeado de mujer, hijos y nietos— el patriarca de un anuncio de planes de pensiones. En octubre de 1981, el Politburó, siguiendo la costumbre, fue a su casa a felicitarle por su cumpleaños: lejos de la pleitesía ante un tirano, creeríamos estar en un homenaje al emocionado presidente de la red de concesionarios de Peugeot. Pues bien: en los meses siguientes, 12 integrantes de ese Politburó iban a caer, unos ejecutados, otros encarcelados y alguno incluso llevado al suicidio. A su colaborador de cuatro décadas, Mehmet Shehu, no le valieron de nada las 40 páginas de “autocrítica”.
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