Uno de los primeros recuerdos de mi vida se remonta a una noche de invierno en un Madrid muy frío y por entonces también muy oscuro, sin apenas contaminación lumínica. Me veo allí, de pie en mitad de la calle de mi infancia, colgando de las manos de mis padres y mirando al cielo. Ya era raro estar levantada y fuera de casa siendo tan tarde, porque yo debía de andar por los cinco años; pero aún resultaba más extraño comprobar que toda la avenida estaba llena de personas paradas y con los ojos clavados en el firmamento. Silencio, expectación, algo de viento, nuestra respiración condensándose en diminutas nubes. De pronto, una estrellita comenzó a caminar con rapidez dibujando un arco en la negrura. Era el Spútnik ruso, el primer artefacto en orbitar el planeta, el momento más trascendental de la carrera espacial, mucho más que el alunizaje, porque fue la primera vez que el ser humano se liberó del útero asfixiante de la atmósfera terrestre. Abrimos la puerta al universo y yo lo vi con mis propios ojos, y por eso quise ser astronauta, y participé, en mi niñez y adolescencia, de la embriaguez de la exploración del cosmos que en aquellos años se vivía.
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