Hacer una exposición conlleva un baile entre artista y comisario, entre práctica y teoría, en el que mantener el compás y danzar al unísono no siempre es fácil ni se consigue. En gran parte, el acople de ese acompañamiento es lo que lleva a una muestra al éxito o al fracaso. Hablo de esa secuencia de movimientos al lado de un objeto que todavía no tiene sentido o de una forma de mirar que todavía no tiene un cuerpo. De pensar ese baile conjunto no como un cuerpo, sino como un espacio desde la mirada externa pero el afecto, de orientar sin dejar gesto visible, de escuchar y participar. “Un campo poético”, como titula Anna Maria Maiolino su muestra en el MAAT de Lisboa. De la mano de su director, Joâo Pinharanda, y el comisario Sérgio Mah es, en ese sentido, una exposición casi perfecta. O, mejor dicho, una danza que danza. Una danza invisible que crea una topografía que enaltece el tránsito de afectos entre dichas obras con un quehacer curatorial que se intuye tanto como diluye.
Seguir leyendo