Dicen los que saben de estas cosas que con la tauromaquia acabará, por mezquindad, el propio mundo del toro, curiosamente el más interesado en que continúe. Me atrevo a decir que con la democracia sucederá lo mismo: acabarán con ella precisamente quienes deberían defenderla por encima de cualquier otro interés, ya sea personal o partidista. Si un símbolo —no solo de la izquierda sino de nuestro sistema de gobierno— como José Luis Rodríguez Zapatero resulta ser culpable de los delitos que se le imputan, no podrá extrañarse luego la política del cada vez mayor desapego de la ciudadanía hacia la propia institución democrática. Más allá de ser un expresidente del Gobierno, Zapatero, a diferencia de, por ejemplo, José Luis Ábalos o Santos Cerdán, ha sido el emblema de que existe una forma de hacer política (tanto desde el Gobierno como desde la oposición) diferente a la actual basada en el talante, el diálogo, el respeto institucional, la pulcritud y la honradez… Si esta columna de carga está podrida, la confianza en la democracia que tanto ha costado construir en España se vendrá abajo.
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