“No sabíamos ni que existía la lista de los Bib Gourmand. Teníamos una casa de comidas, en la que cocinábamos con nuestra madre, y lo único que queríamos era seguir viviendo en nuestro pueblo”, explica Ignacio Echapresto, cocinero y copropietario, junto a su hermano Carlos, al frente de la sala y de la bodega del restaurante Venta Moncalvillo, en Daroca de Rioja (La Rioja) —término municipal con 63 habitantes, según datos del INE de 2025—. Fue en 2002 cuando este negocio familiar recibió la citada distinción de la Guía Michelin que desde 1997 reconoce a los restaurantes con una buena relación calidad-precio. “Estábamos alejados de ese mundillo. Nadie del equipo había trabajado en este tipo de establecimientos, ni nosotros nos habíamos formado ni trabajado fuera de nuestra casa. Somos autodidactas. Nos pilló desprevenidos y empezamos a convivir y a entender al nuevo cliente que aparecía por aquí, aunque también perdimos clientes fieles que pensaron que entrábamos en otra dimensión”, prosigue Ignacio. Confiesa que jamás pensó que acceder, por la vía Bib Gourmand, al universo de Michelin supondría mayores reconocimientos. Lo que sí les dio fue una nueva visibilidadad. “Nosotros no teníamos agencia de comunicación, funcionábamos con el boca a boca, y esto facilitó que gente de otras latitudes nos conociera. Nos colocó en el mapa”. En 2011 consiguieron la primera estrellas y 13 años más tarde lograron la segunda. “Todo esto nos pasó sin ir a buscarlo, creo que fue la consecuencia del trabajo de un equipo y de una manera de entender un oficio que requiere de una mejora continua. El único camino que existe es el trabajo, la constancia y la regularidad”, explica convencido. Aunque el ejemplo de los Echapresto suene bien, la realidad es bastante más compleja. Son una excepción.
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