Hay niños que discuten por todo. Que convierten cualquier petición cotidiana en una discusión. Que parecen vivir permanentemente enfadados con el mundo adulto y con las normas. “Ponte los zapatos, que nos vamos”, “apaga la televisión”, “es hora de cenar” o “toca hacer las tareas de la escuela” son peticiones que pueden terminar en gritos, portazos o en una guerra de desgaste emocional que consume a toda la familia. Muchos padres describen la sensación de vivir en una tensión y un mal humor constantes. De caminar sobre un campo de minas emocional, sin saber qué circunstancia hará estallar el próximo conflicto. Y aunque todas las infancias atraviesan etapas de oposición —especialmente entre los dos y los seis años y, más tarde, en la adolescencia—, hay momentos en los que el desafío deja de parecer una fase evolutiva y empieza a alterar seriamente la convivencia. Ahí es donde surge una pregunta incómoda y difícil: ¿y si no se trata solo de carácter?
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