El momento de sentarse a hacer los deberes puede ser muy frustrante para los hijos: sentimiento de obligación, pérdida de tiempo de ocio o frustración ante la incomprensión de conceptos. A ello, además, se le puede sumar la impotencia de los adultos de no poder ayudarles porque los ejercicios superan sus conocimientos actuales. Asimismo, esa insatisfacción personal se puede ver reflejada en aquellos casos en los que sí entienden las tareas, pero desconocen cómo explicarlas de una manera más sencilla a los niños. Y lo que es una rutina diaria en el periodo escolar se puede intensificar aún más en verano. Es un momento en el que desaparece esa estructura diaria, faltan los profesores y los deberes suponen un cambio de contexto.
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